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domingo, 18 de julio de 2010

Zombis caseros (3ª parte)

Volvamos al zombificador Dahmer, después de su fracaso en su primer experimento... ¿Qué buscaba Dahmer? ¿Qué motivos ocultos movían sus actos irracionales? Es muy sencillo, no quería estar solo. Cuando durante el interrogatorio en el tribunal le preguntaron: ¿Qué hacía falta para que dejara de matar? Dahmer respondió con toda tranquilidad y convencido: "Una relación permanente". Vamos que en el fondo era un romántico en busca del príncipe o la princesa de sus sueños, un poco parada eso sí, y que no diera mucho la lata. ¿A lo mejor un robot hubiera sido una mejor solución, y menos sangrienta? Pero al zombificador no se le ocurrió o prefería algo más "humano". En todo caso, como el ácido mató a la primera víctima, Sinthasmophone, decidió cambiar el ácido por agua caliente, según criterios químicos inexplicables.
El Sr. Winberger fue el elegido para esta nueva prueba, que complementaba el agua caliente en el agujero del cráneo, a modo de lavativa cerebral, con dosis de píldoras. Al principio pareció funcionar, la víctima estaba en un estado semifuncional, incluso era capaz de ir al baño...
En el fondo el Sr. Dahmer era un buen ciudadano, ya que trabajaba y además era puntual. Al ir un día al trabajo, repitió la inyección de agua caliente en el lóbulo frontal y una buena dosis de pastillas. Se ve que se le fue la mano, porque cuando regresó a casa se encontró a su "querido" Winberger muerto. El experimento había fracasado otra vez y ya no habrían más lobotomías caseras porque fue detenido. Una vez capturado confesó que había pensado en otros sistemas de zombificación, como insertar un cable en el agujero de la cabeza y aplicarle descargas. Así pues, poco faltó para que patentara ¡el primer ciborg! de la historia de la humanidad. Hemos de pensar que la precariedad de los materiales utilizados y la falta de estudios, así como la falta de colaboración de los laboratorios y de la sociedad civil, frustraron una brillante carrera científica que sólo encontró salida en el asesinato. No hace falta decir que esto es broma claro. O bueno, ¡quizá se equivocó de época!, en la Edad Media habría hecho furor, con los colegas médicos que sacaban la piedra de la locura a lo bestia, habría sido el rey de las trepanaciones.

martes, 29 de junio de 2010

Zombis caseros (2ª parte)

Este tema ha sido recientemente recogido en un cómic de la serie Lobezno (Wolverine), exactamente en el número 54. Este famoso mutante, con cara de pocos amigos, garras afiladas e irrompibles de adiamantium y que es el mejor en su trabajo... tiene la desgracia de cruzarse en el camino del Dr. Rot, el maloso de turno, un psicópata despiadado que relata cómo se inició en el tema del asesinato: "Lo primero que maté es el gato de mi vecino. Le taladré un agujerito en la cabeza y derramé un poco de ácido de batería. Estaba intentando crear mi propio zombi, pero no funcionó, murió.". Todo un angelito que luego prosiguió con humanos. Como era de esperar, Lobezno consigue escapar del manicomio del doctor, pero sin atrapar al malvado doctor, que además se gasta un humor negro de mil diablos. Seguro que lo volveremos a ver en algún otro número de la colección. Es evidente que el guionista del cómic se inspiró en el caso real del zombificador Dahmer.

Zombis caseros (1ª parte)

En algún momento, alguien podría decidir que la compañía ideal y de fidelidad asegurada es el zombi, dado que no protesta, prácticamente no gasta y es fácil de mantener al lado, sin las molestias tan desagradables y tediosas de las mascotas. Eso sí, mejor que su boca se mantenga alejada de nuestras carnes. Este alguien ha existido, se llama Jeffrey Dahmer, tan bien conocido como el asesino en serie de Milwaukee, un antiguo soldado profesional que tuvo la genial idea de crear un método de zombificación para tener un amigo permanente. Antes había probado con algunos sujetos que asesinó, pero claro, hay un problema, los muertos se descomponen, no duran mucho y encima, mucha compañía no es que hagan, confesó el asesino.
La técnica que utilizó Dahmer en un primer momento era perforar el cráneo de sus víctimas con un taladro, introducir una jeringuilla e inyectar en la cavidad craneal ácido muriático. La primera vez, con un tal Konerak Sinthasmophone (sin relación aparente con el i-phone...), la cosa no funcionó demasiado bien, porque el muchacho no se transformó en lo bastante "zombi" y, en un descuido, salió a la calle, no muy entero, eso es verdad. De vuelta a casa, como si trajera la mascota al hogar, le inyectó una dosis mayor que resultó mortal. El primer experimento había resultado fallido. La víctima todavía "pensaba" demasiado y por lo tanto tenía voluntad y recuerdos. Había que mejorar la receta.