viernes, 7 de febrero de 2014

Ferrero Rocher: bolas chinas calientes


Antes que nada, ¿no deberían ser filipinas y no chinas? La bella dama de los bombones Ferrero así parece insinuarlo, lo insinuaba en cada anuncio. Miren y vean. Isabel "la momia" Preysler, incorruptible, como las santas, devota de los Ferrero, devoraba Ferrero hasta el punto de que inventó otros usos inconfesables. Según cuenta en sus memorias bilingües, "Isabel, my name", desarrolló un extraño placer,  pringoso y oscuro placer. Por las noches, después de la copulación de rigor, pura rutina, iba al baño, cerraba la puerta y ponía música sacra. En este ambiente relajante, sacaba unos cuantos Ferrero, los desenvolvía con cuidado y se los introducía uno a uno en el canal vaginal. Así, uno tras otro, hasta que no cabían más por las limitaciones propias de un cuerpo pequeño y estirado. Entonces, según unas leyes de la física inalterables, las bolas de chocolate y conservantes se iban derritiendo por el efecto del calor. Pasaban del estado sólido al líquido, creando un efecto de marea negra caliente y deslizante que llevaba a Isabel al orgasmo repetido. Puesta en cuclillas, la masa de chocolate derretido se derramaba por sus labios y se deslizaba por sus piernas filipinas. Lo peor era el suelo. Se manchaba el suelo de baldosas. Pero para eso estaba la criada española. De todos modos, ¿son estas las verdaderas bolas chinas calientes? ¿No hay otra experiencia Ferrero en otra parte? ¿Los huevos Kinder?

Sí. Esto no viene al caso. Es verdad. Pasemos a otra cosa. De lo que realmente quería hablar no es de Isabel y su bombofilia, sino del amor de madre, y de que hay amores que matan. Roberto es el típico barrigón cuarentón que todavía vive con su madre. Su madre se llama Roberta, como explica con todo lujo de detalles en su biografía, "Roberta, my name forever". Resulta que Roberto tenía la sana costumbre de darse descargas eléctricas en los testículos, nada raro, para pasar el rato, como la mayoría de oficinistas. Empezó a pequeña escala, con una batería y regulando la potencia, unas cuantas veces al día. A falte de mujeres, Roberto pensaba que la electricidad era la mejor opción. Pero con la batería no fue suficiente. Al final ya ni le excitaba. Tuvo que recurrir directamente a la corriente eléctrica y enchufarse un cable pelado para darse una descarga como dios manda. Como técnicamente eso es una derivación, cada vez que se alegraba la vida de sus testículos saltaba el diferencial de la casa, tantas veces como lo hiciera, y eran muchas. Era una fiesta.  Roberta estaba preocupada porque cada dos por tres se quedaba sin luz. Y no lo entendía. No entendía qué pasaba. Sufría porque su hijo se quedaba sin luz. Así que como buena madre responsable llamó al electricista sin decir nada a Roberto. El electricista era eficiente. Podía hacer un apaño ilegal para que el diferencial no saltara. No saltaba, y no se cortaba la luz. Buena idea. Roberta estaba contenta porque había ayudado a su hijo. La sorpresa que se iba a llevar.

Roberto como siempre, desnudo, en el baño, con un preservativo puesto, como siempre, ya digo, lo habitual, como siempre, se enchufo el cable pelado a sus testículos. Como siempre fue bien, muy bien, sólo que la corriente no paró. Lo primero raro que notó es el humo que salía del escroto, luego el vello púbico que entraba en llamas. Lo primero y lo último, porque quedo tostado como una galleta mal horneada. Hay amores que matan. Roberta lo comprendió demasiado tarde. Lo más trágico del asunto es que el electricista acabó en la cárcel por malas prácticas. De forma injusta, porque él sólo hizo su trabajo, un buen trabajo.

Y aquí, que ahora, el cuerpo de Roberto llega al depósito de cadaveres. Sobre la mesa de autopsias, al forense le hace mucha gracia como han quedado sus testículos calcinados. Algo raro, como marrones y los poros abiertos como medio blancos, o quizá grises, como si hubieran medio explotado. A todos les hace mucha gracia. - Esperen, dice el forense,  esperen, falta el detalle final. Coge un poco de papel aluminio, lo parte en dos trocitos. Con buen hacer les da forma de cacerola. - Ya está, exclama. Con manos de cirujano diestro, envuelve cada testículo en papel de plata. Sonríe, mira a los demás. ¿No lo reconocen? ¿No lo han probado nunca? ¡¡Ferrero Rocher!! ¡¡La expresión del buen gusto!! Ríen como hienas en celo con bata blanca. El bisturí alzándose sobre el cuerpo de Roberto, desde ahora Roberto Rocher, señala el fin del jolgorio. Hay que ponerse manos a la obra. El forense ve el cuerpo de Roberto como un pastel de chocolate rezumando fresa. Prefiere no decir nada. 

Comentario: otros títulos: El diferencial de los huevos. El dulce engancha. Los Testículos dorados de Jehová.

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