El futuro será amarillo. No muy color limón ni ácido, más bien color de cera de los muertos. El cambio de la sociedad feudal a la industrialización a todo trapo, a toda máquina, sentó fatal a los japoneses y todavía no lo han digerido. ¡Qué va! Los ha trastornado por completo y vaciado por dentro como un limón seco, medio rancio. Es difícil imaginar un pueblo que haya alcanzado tales cotas de perversión, cinismo y sumisión, y no es extraño, es lo lógico ver jovencitas desnudas japonesas fornicando en pareja con un pulpo vivo, que es como el pulpo a la gallega, pero el toque oriental consiste en orinar encima del cefalópodo primero. ¡Para que esté más a gusto, que lo frío siempre molesta en ciertas zonas! O dibujos de mutilados que penetran con sus muñones cuerpos ansiosos. La decadencia de Occidente no es nada comparada con la decadencia de Oriente. Nada de nada. Están acabados. Y apañados estamos. Los hemos matado a golpe se empresa y capitalismo desenfrenado. Lo bueno es que ellos nos van a comer a nosotros, con palillos y sin cocer siquiera. Sushi de hombre blanco. A estas fechas, después de la broma nuclear, lo normal sería que el emperador hubiera sido desmembrado y sus piernas y brazos colgaran de las farolas como adornos de Navidad. Su cabezón merece un tratamiento aparte, quizá como urinario público. Y a los dementes que han convertido a Japón en una bomba nuclear en potencia, construyendo con entusiasmo decenas de centrales ¡en una isla!, a los directivos de las centrales y empresas eléctricas, deberían como mínimo tirarles al mar con un bidón lleno de residuos radiactivos atado a los pies. A ver si así dejan de sonreír y saludar. Ya, tome ejemplo en lugar de criticar, lo que pasa que el pueblo japonés es muy tranquilo, se lo ha tomado todo con mucha tranquilidad. Son muy serenos los tíos. Un comportamiento cívico irreprochable. Lo que tú digas amigo. Con la misma serenidad y tranquilidad que eran kamikazes concencidos, que crearon campos de experimentación con seres humanos en Manchuria, prostituyeron a las mujeres de media Asia... Un inciso, es legendario el corto tamaño del miembro japonés, en todo caso, a pesar de su limitaciones la soldadesca era muy fogosa... Y seguimos, campos de concentración... y muchas más delicias orientales. Siempre obedientes y tranquilos, eso sí. Tranquilidad que no falte. Ahora les dices que mañana se acaba el mundo y que han de degollar a toda la familia, y se agachan, saludan, medio sonríen y se van a la cocina a afilar el cuchillo. Tranquilos, muy tranquilos. La huelga a la japonesa consiste en no dejar de trabajar. Como les inculcamos el capital, pues van y se lo toman en serio, llegan hasta el fondo, sí señor, muy profesionales, con ganas y convencimiento, hasta con alegría, hasta convertirse en los muertos del presente que nos van a comer y matar a todos. Nos van a devolver con creces el marrón en que los hemos metido. Si es que el amarillo da mala suerte. A qué colonizador descerebrado se le ocurrió pisar las tierras orientales. El Marco Polo podía haberse quedado quieto. ¡Y ahora no habrían centrales nucleares como hongos en un país lleno de locos amantes del manga y el trabajo!
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lunes, 4 de abril de 2011
domingo, 18 de julio de 2010
Zombis caseros (3ª parte)
Volvamos al zombificador Dahmer, después de su fracaso en su primer experimento... ¿Qué buscaba Dahmer? ¿Qué motivos ocultos movían sus actos irracionales? Es muy sencillo, no quería estar solo. Cuando durante el interrogatorio en el tribunal le preguntaron: ¿Qué hacía falta para que dejara de matar? Dahmer respondió con toda tranquilidad y convencido: "Una relación permanente". Vamos que en el fondo era un romántico en busca del príncipe o la princesa de sus sueños, un poco parada eso sí, y que no diera mucho la lata. ¿A lo mejor un robot hubiera sido una mejor solución, y menos sangrienta? Pero al zombificador no se le ocurrió o prefería algo más "humano". En todo caso, como el ácido mató a la primera víctima, Sinthasmophone, decidió cambiar el ácido por agua caliente, según criterios químicos inexplicables.
El Sr. Winberger fue el elegido para esta nueva prueba, que complementaba el agua caliente en el agujero del cráneo, a modo de lavativa cerebral, con dosis de píldoras. Al principio pareció funcionar, la víctima estaba en un estado semifuncional, incluso era capaz de ir al baño...
En el fondo el Sr. Dahmer era un buen ciudadano, ya que trabajaba y además era puntual. Al ir un día al trabajo, repitió la inyección de agua caliente en el lóbulo frontal y una buena dosis de pastillas. Se ve que se le fue la mano, porque cuando regresó a casa se encontró a su "querido" Winberger muerto. El experimento había fracasado otra vez y ya no habrían más lobotomías caseras porque fue detenido. Una vez capturado confesó que había pensado en otros sistemas de zombificación, como insertar un cable en el agujero de la cabeza y aplicarle descargas. Así pues, poco faltó para que patentara ¡el primer ciborg! de la historia de la humanidad. Hemos de pensar que la precariedad de los materiales utilizados y la falta de estudios, así como la falta de colaboración de los laboratorios y de la sociedad civil, frustraron una brillante carrera científica que sólo encontró salida en el asesinato. No hace falta decir que esto es broma claro. O bueno, ¡quizá se equivocó de época!, en la Edad Media habría hecho furor, con los colegas médicos que sacaban la piedra de la locura a lo bestia, habría sido el rey de las trepanaciones.
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martes, 29 de junio de 2010
Zombis caseros (1ª parte)
En algún momento, alguien podría decidir que la compañía ideal y de fidelidad asegurada es el zombi, dado que no protesta, prácticamente no gasta y es fácil de mantener al lado, sin las molestias tan desagradables y tediosas de las mascotas. Eso sí, mejor que su boca se mantenga alejada de nuestras carnes. Este alguien ha existido, se llama Jeffrey Dahmer, tan bien conocido como el asesino en serie de Milwaukee, un antiguo soldado profesional que tuvo la genial idea de crear un método de zombificación para tener un amigo permanente. Antes había probado con algunos sujetos que asesinó, pero claro, hay un problema, los muertos se descomponen, no duran mucho y encima, mucha compañía no es que hagan, confesó el asesino.
La técnica que utilizó Dahmer en un primer momento era perforar el cráneo de sus víctimas con un taladro, introducir una jeringuilla e inyectar en la cavidad craneal ácido muriático. La primera vez, con un tal Konerak Sinthasmophone (sin relación aparente con el i-phone...), la cosa no funcionó demasiado bien, porque el muchacho no se transformó en lo bastante "zombi" y, en un descuido, salió a la calle, no muy entero, eso es verdad. De vuelta a casa, como si trajera la mascota al hogar, le inyectó una dosis mayor que resultó mortal. El primer experimento había resultado fallido. La víctima todavía "pensaba" demasiado y por lo tanto tenía voluntad y recuerdos. Había que mejorar la receta.
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